Farenheit 451

Nunca quemamos lo que debíamos...

Cuando Lici despertó el monstruo seguía ahí 
¿A dónde intentas irte?- Javier le  coloco los dos brazos encima y la sacudió fuerte contra la pared. 
Lici temblaba y metía sus dedos entre las líneas negras que separaban un ladrillo rojo del otro. Se aferraba y los estrujaba con fuerza; sentía que corrugaba la pared y que en cualquier momento se iba a romper…  Si se rompía, ella caería en un abismo o en la casa vecina, cualquier lugar era mejor que estar ahí.
La puerta estaba entre abierta y un mueble era testigo ocular de la manera en que las manos de Javier apretujaban a Lici, con la misma fuerza que ella le asestaba a la pared. Sentía como su cabeza rebotaba contra los ladrillos, mientras en su mente se dibujaban círculos, círculos como espirales, espirales en las que se transforma el mar cuando va a ser ola.
La marea está subiendo- repetía Lici, a su vez cerraba y abría los ojos.
Javier la tomo por la cintura y ella acariciaba cada tirabuzón que iba cayendo por su cara. Tirabuzón, como le gustaba esa palabra. Luego se cogía de la puerta y le repetía que la dejará ir, pedía por favor, mientras una lágrima iba a hospedarse en la comisura de su boca. 
Lici conocía a Javier hace 4 años. Hace dos años, había dejado de quererlo y hace un año que lo seguía viendo, a veces, porque recordaba que por él quiso huir de casa y otras tantas… porque había dejado frases como “para siempre” y “nunca” escapar por la ventana de la habitación.
Él la maniató a  su cama, ella jugo a estar dormida mientras observaba como se apagaba el último chispazo de fuego de un porro hecho hace una hora… como se apagaba el último chispazo de fuego no solo del porro sino entre ellos. 
Ella despertó y el monstruo seguí ahí. 

Cuando Lici despertó el monstruo seguía ahí 

¿A dónde intentas irte?- Javier le  coloco los dos brazos encima y la sacudió fuerte contra la pared. 

Lici temblaba y metía sus dedos entre las líneas negras que separaban un ladrillo rojo del otro. Se aferraba y los estrujaba con fuerza; sentía que corrugaba la pared y que en cualquier momento se iba a romper…  Si se rompía, ella caería en un abismo o en la casa vecina, cualquier lugar era mejor que estar ahí.

La puerta estaba entre abierta y un mueble era testigo ocular de la manera en que las manos de Javier apretujaban a Lici, con la misma fuerza que ella le asestaba a la pared. Sentía como su cabeza rebotaba contra los ladrillos, mientras en su mente se dibujaban círculos, círculos como espirales, espirales en las que se transforma el mar cuando va a ser ola.

La marea está subiendo- repetía Lici, a su vez cerraba y abría los ojos.

Javier la tomo por la cintura y ella acariciaba cada tirabuzón que iba cayendo por su cara. Tirabuzón, como le gustaba esa palabra. Luego se cogía de la puerta y le repetía que la dejará ir, pedía por favor, mientras una lágrima iba a hospedarse en la comisura de su boca. 

Lici conocía a Javier hace 4 años. Hace dos años, había dejado de quererlo y hace un año que lo seguía viendo, a veces, porque recordaba que por él quiso huir de casa y otras tantas… porque había dejado frases como “para siempre” y “nunca” escapar por la ventana de la habitación.

Él la maniató a  su cama, ella jugo a estar dormida mientras observaba como se apagaba el último chispazo de fuego de un porro hecho hace una hora… como se apagaba el último chispazo de fuego no solo del porro sino entre ellos. 

Ella despertó y el monstruo seguí ahí. 

  • 3 May 2012
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